Y de repente, lloró. Nadie sabe por qué. En medio de la
biblioteca se oyó un leve quejido, luego una cabeza gacha, como escondiéndose
entre sus manos, ahogándose en el vacío. Las lágrimas mojaron el suéter, y
alguna el folio sobre el que realizaba su trabajo.
Nadie se viró. Al fin y al cabo, no era nadie conocido.
A veces parece que el que no te suene la cara de una
persona, es que es alguien que no está por conocer.
Entonces siguió, llorando.
Quiso salir ahí fuera, pero el mar salado que ahora rozaba
su boca se lo impidió. Y por un momento, entre la tristeza del llanto rió tímidamente.
Locura inútil, tímida, de haber sido fuerte tanto tiempo.
Ya no te acuerdas ni por qué lloras, pero lloras al fin,
por una anécdota vieja ocurrida, por un desamor, tal vez, o por un abrazo de
aeropuerto.
Así es la vida.